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Doctrina Social de la Iglesia
30 años de Laborem exercens

25/09/2011. Fuente: HOAC. Noticia leída 541 veces.

"El trabajo es un bien del hombre —es un bien de su humanidad—, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido «se hace más hombre»".

30 años de Laborem exercens

En este mes de septiembre se cumple el treinta aniversario de la promulgación de la encíclica Laborem exercens. En ella se conmemora los noventa años de la publicación de la Rerum novarum. Aunque en principio su publicación estaba prevista para el mes de mayo, se retrasó su publicación por el atentado sufrido por Juan Pablo II.

El tema central que aborda es el trabajo humano. La preocupación por el trabajo ha aparecido de forma directa o indirecta en anteriores documentos sociales. La razón para volver a abordar esta problemática la encontramos en los profundos cambios que se están produciendo en el sistema productivo mundial, a raíz de la crisis producida por un fuerte incremento en los precios del petróleo y las consecuencias que tiene para el mundo del trabajo. En esta reflexión podemos observar el carácter dinámico de la Doctrina Social de la Iglesia, en su línea de continuidad y renovación. Juan Pablo II en continuidad con las enseñanzas sociales anteriores quiere plantear la importancia del trabajo humano para la vida social, pero pone un acento nuevo: considera “que el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social”, si lo que se busca es el bien del hombre.

Las ciencias humanas han puesto de manifiesto que el trabajo es una dimensión muy importante de la existencia humana, pero para la Iglesia esta “convicción de la inteligencia adquiere a la vez el carácter de una convicción de fe”. El punto de partida de su reflexión es Gén 1,27-28: “Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla”. Es a través del trabajo cómo el hombre hace efectivo este dominio sobre la tierra. Para evitar interpretaciones erróneas, conviene recordar lo que nos indicaba Juan Pablo II en Redemptor hominis, el hombre, como administrador y responsable de ella, “no como «explotador» y «destructor» sin ningún reparo”. De esto se deduce que el trabajo no es consecuencia de un castigo divino, sino que dignifica a la persona humana porque la hace partícipe de la obra creadora de Dios. Lo que es fruto de la ruptura de la alianza con Dios por parte del hombre es la fatiga que acompaña al trabajo.

“El trabajo es un bien del hombre —es un bien de su humanidad—, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido «se hace más hombre»”.
  

 El artículo en la revista Diócesis núm.730 pág.4 (pdf, 8 Mb)

  

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