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Pentecostés 2010

19/05/2010. Fuente: Acción Católica. Noticia leída 439 veces.

El domingo se hace realidad en nuestra Iglesia aquel acontecimiento que relata el libro de los Hechos: «Todos quedaron llenos del Espíritu Santo» [Hch 2, 1-4]. Este domingo 23 de mayo, fiesta del Espíritu Santo, Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, celebraremos la Eucaristía en la S.I.Catedral a las 12 de la mañana y presidida por nuestro Obispo.

El 23 de mayo se hace realidad en nuestra Iglesia aquel acontecimiento que relata el libro de los Hechos: «Cuando llegó la fiesta de Pentecostés, todos los creyentes se encontraban reunidos en un mismo lugar. De pronto, un gran ruido que venía del cielo, como de un viento fuerte, resonó en toda la casa donde estaban. Y se les aparecieron lenguas como de fuego, repartidas sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo» [Hch 2, 1-4].

El alma de la Iglesia es el Espíritu. Él edifica la comunidad. Él es la fuente, interior a cada uno de nosotros, de la que brota la fe. Él hace posible el seguimiento de Jesús, el Resucitado. Unidos a la primera comunidad, nacida en Pentecostés, celebremos esta fiesta. Hagámoslo despiertos, en oración. Celebremos con actitud vigilante, con fe, deseando que el Espíritu renueve y llene de vida nuestras vidas y la vida de su Iglesia.

Nos adentramos -estamos- en una época, social y culturalmente, nueva. Vivamos en el deseo del Espíritu, pues Él hace nuevas todas las cosas. Él, como nos recuerda el Concilio, «hace rejuvenecer a la Iglesia por la virtud del Evangelio, la renueva constantemente»
[LG 4]. Si nos dejamos conducir por Él, hoy será posible la experiencia del Resucitado, en nuestros corazones y en el de muchos hombres y mujeres. Si nos dejamos guiar por Él acertaremos a construir, en medio del mundo, una comunidad cristiana, una Iglesia, al servicio del Reino.
 
     
  El Espíritu de Pentecostés nos empuja a experimentar lo que afirman el Evangelio y el Concilio Vaticano II: que somos todos hermanos e iguales en lo fundamental, miembros de pleno derecho [Mt 23, 8-12; LG 32b].

Por eso mismo, la comunidad cristiana está llamada a hacer posible que todo cristiano, superando el anonimato de la gran masa, se sienta persona y piedra viva del edificio de Jesús
[1 P 2, 4-5]; entienda y viva que todos somos responsables en la Iglesia, cada uno con su propio carisma [LG 32c].

De este modo, en la diversidad, todos darán testimonio de la admirable unidad del Cuerpo de Cristo; pues la misma diversidad de gracias, servicios y funciones congrega en la unidad a los hijos de Dios, porque «todas estas cosas son obras del único e idéntico Espíritu»
[1 Cor 12, 11].
 
     
     
     
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