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Análisis / HOAC
Trabajo digno, integración y ciudadanía
Artículo de Ramón Aguadero, militante de la HOAC de Málaga

13/06/2007. Fuente: Noticias Obreras. Noticia leída 581 veces.

Las condiciones sociales y económicas del campo andaluz han cambiado en los últimos años. Aunque todavía hoy su nivel de renta esté por debajo de la media autonómica, la llegada de fondos europeos, la prestación de determinadas ayudas, la mejora de la productividad, la flexibilización del mercado de trabajo, la búsqueda de mejores oportunidades en la costa, con el turismo y el boom inmobiliario como motores económicos..., han propiciado que en determinadas comarcas se haya modificado notablemente la imagen que tenemos del campo andaluz.

Un ejemplo es el hecho de que hoy en día se necesite mano de obra extranjera para realizar tareas agrícolas tradicionales, como la recogida de la aceituna. Lo que aquí vamos a exponer, aunque ocurrido en Cuevas de San Marcos (Málaga), es una situación cada vez más común en toda la vega antequerana.

Cambio de la situación sociolaboral

Cuevas de San Marcos es una localidad malagueña de la comarca de Antequera, lindando ya con la provincia de Córdoba. La base de su economía es la agricultura, fundamentalmente el olivar, constituido en explotaciones familiares cuya producción se comercializa a través de la cooperativa de aceite del pueblo. La cosecha de aceituna, normalmente de enero a marzo, es posible realizarla hoy en día gracias a la presencia de trabajadores extranjeros. Como decimos, los cambios acaecidos en los últimos años, con las ayudas a la producción de la Unión Europea, el PER, la alternativa de otros empleos más atractivos para los jóvenes, las mejores prestaciones sociales a los mayores..., hacen necesaria la presencia de estos trabajadores extranjeros. Son temporeros, impres-cindibles durante los cuatro meses aproximadamente que dura la campaña.

Consecuencias de la última regularización

Este año, durante la época fuerte de la misma, ha habido en el pueblo, con una población de 4.165 habitantes, más de 300 inmigrantes censados. Un 40% son rumanos, pero también los hay latinoamericanos, marroquíes, de otros países del este, algunos subsaharianos. La mayoría (más de 200) se encuentra sin papeles. Una parte son familias completas, con lazos de parentesco entre ellas, otros son sólo el cabeza de familia el que viene, generalmente hombres.

Encontramos unos 20 niños y algunos jóvenes. La mitad reside en el pueblo de manera permanente, los otros han llegado expresamente para la campaña, en un goteo continuo desde septiembre. Esta situación, que se viene produciendo desde hace varios años, ha aumentado este año. Pero además, las circunstancias han sido otras, dándose una cierta alarma y preocupación en el pueblo: después de la última regularización, ha habido un mayor control por parte de la guardia civil para vigilar el acceso de trabajadores en situación legal.

Consecuencia: las aceitunas se quedaban en los olivos sin recoger. Sucesivas reuniones por parte de sindicatos, la cooperativa, Cáritas, guardia civil, ayuntamiento y subdelegación del gobierno han ido produciendo el relajamiento de la tensión y los controles y dando pie a la evidencia: la necesidad de esta mano de obra para que la actividad productiva se pueda realizar.

Pero además, la reflexión de la situación nos ayuda a ver algo más detrás de todo lo que ha estado pasando: como nos explican los integrantes de la Cáritas parroquial, ha faltado organización y previsión por parte de las partes implicadas. Tanto por parte de los agricultores, para los cuales la situación no es nueva, y, sin embargo, no se anticipan a la misma, ni por parte de los sindicatos, que intervienen y explican las circunstancias a raíz del nuevo ordenamiento jurídico cuando la problemática ya estaba creada (por ejemplo, hablando de contratos en origen, o de la posibilidad de la presencia de trabajadores con papeles procedentes de Almería cuando ya habían llegado los inmigrantes), como por parte del ayuntamiento, al que también le cuesta ir por delante de los acontecimientos y, sobre todo, dar cobertura social a la población inmigrante.

Condiciones de vida

Detrás de toda esta situación se encuentran las condiciones laborales y de vida de un colectivo de personas que son invisibles a efectos legales, pero de las que depende la actividad económica del pueblo. Las carencias son importantes. En primer lugar, el problema de la vivienda. Algunos agricultores incumplen el convenio en esta materia, no teniendo las instalaciones en las condiciones de habitabilidad mínimas. Por otro lado, es evidente la carencia de viviendas en el pueblo, lo que provoca el hacinamiento de este colectivo, en algunos casos habitando hasta 14 personas en una misma casa, llegando incluso a utilizar las terrazas como dormitorios y cobrándoseles un alquiler de 30 euros por persona. Por otro lado, no todos los empresarios dan el salario debido. El ejemplo más sangrante se da en una fábrica de la localidad, donde cobran la hora a 4,80 euros en horario nocturno. Las mujeres trabajadoras, que son pocas, lo hacen cuidando enfermos o en algunos negocios de hostelería.

La rigidez en la vigilancia ha producido que más de 50 temporeros no hayan podido trabajar este año. Ha sido gracias a la ayuda de algunos familiares, compatriotas, vecinos del pueblo, Cáritas parroquial o incluso pidiendo por las casas que estas personas han conseguido recursos para sobrevivir.

La integración es otra cuestión importante a tener en cuenta. Los 150 que están instalados sí mantienen algún tipo de contacto. Las familias, con lazos de parentesco entre sí, acuden al apoyo mutuo como medio de solidaridad primario. Hay una población infantil de 15 niños en edad escolar (algunos más pequeños) pero sólo seis de ellos están escolarizados, con graves problemas de absentismo. La población juvenil menor de 16 años prácticamente no asiste a las clases de secundaria. La implicación de los servicios sociales comunitarios y de las instituciones escolares no es suficiente, ante las carencias y problemas que plantea esta situación, pues, en la práctica, a pocos les cuestiona.

La implicación de la comunidad parroquial

Cáritas parroquial lleva trabajando durante muchos años con unas actuaciones dirigidas a la atención directa, la sensibilización y el compromiso con una perspectiva de promoción sociocomunitaria impulsada desde el arciprestazgo. Esta línea de trabajo ha propiciado el trabajo en red, desde criterios compartidos, lo que se traduce en una coordinación en la búsqueda de empleo y de vivienda, principalmente, junto con el resto de Cáritas de la zona, la diocesana y Antequera Acoge. También, en un modo de presencia, encarnación y compromiso en las problemáticas del pueblo. La trayectoria es ya antigua, y bien desde la Cáritas o el Movimiento Rural Cristiano, la labor es reconocida desde hace tiempo.

En otra época, por la apuesta y compromiso en la creación de varias cooperativas del pueblo. Hoy en día, por su modo de trabajar y acoger a los más desfavorecidos, en estos momentos el colectivo inmigrante, mayoritariamente. Se da una cercanía que les hace conocer personalmente y por su nombre a todas estas personas, así como sus circunstancias concretas, personales y familiares. Una implicación que les lleva a comprometerse en el empadronamiento, en la búsqueda de vivienda, de trabajo..., y hacerlos visibles a los ojos de los demás. La búsqueda de fondos es otra tarea importante a la que dedican tiempo y energías, propiciado por el clima positivo de relaciones que se dan en el pueblo y por la confianza hacia la labor que realizan.

De cara a la integración, vienen organizando desde hace tres años una cena, previa a la Navidad, en la que participan todos los inmigrantes del pueblo, invitados personalmente uno a uno, y donde saben implicar a la parroquia, comerciantes y vecinos en general. Pero además de esta labor de atención directa, tienen una apuesta clara por su promoción, y sobre todo, por involucrar a las instituciones del pueblo en la problemática de este colectivo. Nos parece importante destacar su papel mediador, aglutinando y reuniendo a los diversos agentes implicados (cooperativa, sindicatos, guardia civil, ayuntamiento) en la búsqueda de soluciones a medio y largo plazo, siempre desde la perspectiva del bien común, y la dignidad y derechos de los más desfavorecidos.

El reto de la integración

Lo que estamos comentando es un ejemplo más de los cambios sociales producidos en nuestro país, en concreto en comarcas tradicionalmente emigrantes, que ahora pasan a ser receptoras de trabajadores de otros países. Nos guste o no, la inmigración es un fenómeno que ya está configurando las relaciones laborales y sociales en nuestros pueblos y ciudades. El incremento de su número, así como su asentamiento más permanente, son un reto de cara a la integración. En Cuevas, durante la recogida de la aceituna, no se cuestiona su presencia. Después, comienzan las pegas: «que si son muchos, que si se vayan a quedar, que si los trae Cáritas...».

Considerar a los inmigrantes únicamente como mano de obra al servicio de nuestros intereses económicos, y no como personas con unos derechos y deberes, es el caldo de cultivo para actitudes y comportamientos racistas que pueden generar conflictos importantes. En la cercana Alameda, durante las últimas semanas, un grupo importante de vecinos viene realizando diferentes acciones de protesta contra el colectivo marroquí asentado en la localidad, a partir de una reyerta entre jóvenes autóctonos y foráneos. No es si no una manifestación clara de la necesidad imperiosa de trabajar por la integración, con especial dedicación en sectores juveniles, que influidos por la visión que aparece en los medios y sin la necesaria formación y visión global, rápidamente ven pomo una amenaza a grupos extranjeros.

En medio de esta sociedad, vulnerable en la pérdida de referentes y en los ritmos de vida y de trabajo que se nos imponen, marcada por una cultura de la violencia y la irreflexión, la tarea de la integración no es fácil, pero sí imprescindible. Comunidades y grupos cristianos de nuestra diócesis están implicados en esta labor. Algo que es signo de esperanza, y a lo que todos y todas estamos llamados desde nuestras circunstancias concretas.

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