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Para la reflexión crítica
Salvavidas de plomo
Artículo de Eduardo Galeano

16/08/2006. Fuente: Eduardo Galeano, escritor y periodista uruguayo. Noticia leída 423 veces.

Nuestros pa√≠ses se modernizan. Ahora el discurso oficial manda honrar la deuda (aunque sea deshonrosa), atraer inversiones (aunque sean indignas) y entrar al mundo (aunque sea por la puerta de servicio). ¬ŅNos seguimos creyendo los cuentos de siempre?

Am√©rica Latina naci√≥ para obedecer al mercado mundial, cuando todav√≠a el mercado mundial no se llamaba as√≠, y mal que bien seguimos atados al deber de obediencia. Esta triste rutina de los siglos empez√≥ con el oro y la plata y sigui√≥ con el az√ļcar, el tabaco, el guano, el salitre, el cobre, el esta√Īo, el caucho, el cacao, la banana, el caf√©, el petr√≥leo ¬ŅQu√© nos dejaron esos esplendores? Nos dejaron sin herencia ni querencia. Jardines convertidos en desiertos, campos abandonados, monta√Īas agujereadas, aguas podridas, largas caravanas de infelices condenados a la muerte temprana, vac√≠os palacios donde deambulan los fantasmas.

Ahora es el turno de la soja transgénica y de la celulosa. Y otra vez se repite la historia de las glorias fugaces, que al son de sus trompetas nos anuncian desdichas largas.

¬ŅSer√° mudo el pasado?

Nos negamos a escuchar las voces que nos advierten: los sue√Īos del mercado mundial son las pesadillas de los pa√≠ses que a sus caprichos se someten. Seguimos aplaudiendo el secuestro de los bienes naturales que Dios, o el diablo, nos ha dado, y as√≠ trabajamos por nuestra propia perdici√≥n y contribuimos al exterminio de la poca naturaleza que queda en este mundo.

Argentina, Brasil y otros pa√≠ses latinoamericanos est√°n viviendo la fiebre de la soja transg√©nica. Precios tentadores, rendimientos multiplicados. Argentina es, desde hace tiempo, el segundo productor mundial de transg√©nicos, despu√©s de Estados Unidos. En Brasil, el gobierno de Lula ejecut√≥ una de esas piruetas que flaco favor hacen a la democracia y dijo s√≠ a la soja transg√©nica, aunque su partido hab√≠a dicho no durante toda la campa√Īa electoral.

Esto es pan para hoy y hambre para ma√Īana, como denuncian algunos sindicatos rurales y organizaciones ecologistas. Pero ya se sabe que los paisanos ignorantes se niegan a entender las ventajas del pasto de pl√°stico y de la vaca a motor, y que los ecologistas son unos aguafiestas que siempre escupen el asado.

Los abogados de los transg√©nicos afirman que no est√° probado que perjudiquen la salud humana. En todo caso, tampoco est√° probado que no la perjudiquen. Y si tan inofensivos son, ¬Ņpor qu√© los fabricantes de soja transg√©nica se niegan a aclarar, en los envases, que venden lo que venden? ¬ŅO acaso la etiqueta de soja transg√©nica no ser√≠a la mejor publicidad?

Y s√≠ que hay evidencias de que estas invenciones del doctor Frankenstein da√Īan la salud del suelo y reducen la soberan√≠a nacional.

¬ŅExportamos soja o exportamos suelo? ¬ŅY acaso no quedamos atrapados en las jaulas de Monsanto y otras grandes empresas de cuyas semillas, herbicidas y pesticidas pasamos a depender?

Tierras que produc√≠an de todo para el mercado local, ahora se consagran a un solo producto para la demanda extranjera. Me desarrollo hacia fuera, y del adentro me olvido. El monocultivo es una prisi√≥n, siempre lo fue, y ahora, con los transg√©nicos, mucho m√°s. La diversidad, en cambio, libera. La independencia se reduce al himno y a la bandera si no se asienta en la soberan√≠a alimentaria. La autodeterminaci√≥n empieza por la boca. S√≥lo la diversidad productiva puede defendernos de los s√ļbitos derrumbamientos de precios que son costumbre, mort√≠fera costumbre, del mercado mundial.

Las inmensas extensiones destinadas a la soja transgénica están arrasando los bosques nativos y expulsando a los campesinos pobres.

Pocos brazos ocupan estas explotaciones altamente mecanizadas, que en cambio exterminan los plant√≠os peque√Īos y las huertas familiares con los venenos que fumigan. Se multiplica el √©xodo rural a las grandes ciudades, donde se supone que los expulsados van a consumir, si los acompa√Īa la suerte, lo que antes produc√≠an. Es la agraria reforma: la reforma agraria al rev√©s.

La celulosa también se ha puesto de moda, en varios países.

Uruguay, sin ir más lejos, está queriendo convertirse en un centro mundial de producción de celulosa para abastecer de materia prima barata a lejanas fábricas de papel.

Se trata de monocultivos de exportaci√≥n, en la m√°s pura tradici√≥n colonial: inmensas plantaciones artificiales que dicen ser bosques y se convierten en celulosa en un proceso industrial que arroja desechos qu√≠micos a los r√≠os y hace irrespirable el aire. Aqu√≠ empezaron siendo dos plantas enormes, una de las cuales ya est√° a medio construir. Luego se incorpor√≥ otro proyecto, y se habla de otro y de otro m√°s, mientras m√°s y m√°s hect√°reas se est√°n destinando a la fabricaci√≥n de eucaliptos en serie. Las grandes empresas internacionales nos han descubierto en el mapa y se han brotado de s√ļbito amor por este Uruguay donde no hay tecnolog√≠a capaz de controlarlas, el Estado les otorga subsidios y les evita impuestos, los salarios son raqu√≠ticos y los √°rboles brotan en un santiam√©n.

Todo indica que nuestro pa√≠s chiquito no podr√° soportar el asfixiante abrazo de estos grandotes. Como suele ocurrir, las bendiciones de la naturaleza se convierten en maldiciones de la historia. Nuestros eucaliptos crecen 10 veces m√°s r√°pido que los de Finlandia, y esto se traduce as√≠: las plantaciones industriales ser√°n 10 veces m√°s devastadoras. Al ritmo de explotaci√≥n previsto, buena parte del territorio nacional ser√° exprimido hasta la √ļltima gota de agua. Los gigantes sedientos nos van a secar el suelo y el subsuelo.

Tr√°gica paradoja: √©ste ha sido el √ļnico lugar del mundo donde se someti√≥ a plebiscito la propiedad del agua. Por abrumadora mayor√≠a, los uruguayos decidimos, en el a√Īo 2004, que el agua ser√≠a de propiedad p√ļblica. ¬ŅNo habr√° manera de evitar este secuestro de la voluntad popular?

La celulosa, hay que reconocerlo, se ha convertido en algo así como una causa patriótica, y la defensa de la naturaleza no despierta entusiasmo. Y peor: en nuestro país, enfermo de celulitis, algunas palabras que no eran malas palabras, como ecologista y ambientalista, se están convirtiendo en insultos que crucifican a los enemigos del progreso y a los saboteadores del trabajo. Se celebra la desgracia como si fuera una buena noticia. Más vale morir de contaminación que morir de hambre: muchos desocupados creen que no hay más remedio que elegir entre dos calamidades, y los vendedores de ilusiones desembarcan ofreciendo miles y miles de empleos. Pero una cosa es la publicidad, y otra la realidad. El MST, el movimiento de campesinos sin tierra, ha difundido datos elocuentes, que no sólo valen para Brasil: la celulosa genera un empleo cada 185 hectáreas y la agricultura familiar crea cinco empleos por cada 10 hectáreas.

Las empresas prometen lo mejor. Trabajo a raudales, millonarias inversiones, estrictos controles, aire puro, agua limpia, tierra intacta. Y uno se pregunta: ¬Ņpor qu√© no instalan estas maravillas en Punta del Este, para mejorar la calidad de vida y estimular el turismo en nuestro principal balneario?

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